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El
paisaje idílico transmitido por la descripción del famoso botánico fue
creación de una naturaleza amable y generosa. Y si el entorno que a ella
rodea evoca una época acabada, en que una población de pequeños
labradores/pescadores hacía lentamente su historia de comunión con la
tierra y el mar, el estuario del Mira y sus alrededores permanecen como
base física del actual ciclo económico y social de Vila Nova de
Milfontes.
El
hondamente deseado progreso llegó por fin, bajo la forma de turismo. Un
turismo de masas, iniciado tímidamente en los años 60 y acelerado en las
décadas siguientes, que transformó el paradisíaco lugar de descanso
estival de las élites agrarias de la región, en la agitada y cosmopolita
estancia actual.
Bajo
el Signo del Agua
El
elemento líquido ha estado presente a lo largo de la historia local y se
reflejó en la toponimia. El propio nombre de Milfontes (mil + fuentes)
indica la existencia de una tierra de aguas abundantes. Mil, en este caso,
no significa un numeral preciso, sino un número grande e indeterminado,
como es vulgar en la lengua portuguesa. Fontes (Fuentes), por su lado se
relaciona con “nacientes de agua”. Por lo tanto tierra de muchas aguas
– en resultado de la constitución geológica del sitio donde nació.
Hoy, esa realidad está un poco alterada, fruto de la acción humana
reciente.
El
nombre, de contornos poéticos, fue durante mucho tiempo blanco del ataque
de difamadores. Le llamaban mentira, pues no existían mil fuentes.
Un viajante ingles que por aquí pasó en 1801, escribió, sarcástico,
que "the new town has all old houses and the inhabitants of the
town of a thousand fountains are obliged to drink well water".
Ni él ni los demás lo entendieron.
El origen del nombre del propio río es
curioso. Hubo quien quiso ver en él una palabra árabe o germánica.
Fantasías! La palabra Mira, piensan hoy los especialistas, proviene de la
antigua lengua hablada en la región, antes de los romanos e incluso antes
de los celtas. Y, todo indica, significa “curso de agua”, o sea, “río”.
Por lo tanto, las antiguas poblaciones llamaban al rió, simplemente... rió.
Quien no entendió el antiguo habla da población fueron los sucesivos
pueblos que posteriormente estuvieron en la Península. Con efecto, ellos
pensaban estar ante un nombre propio. Por eso, los romanos le habrán
llamado flumen Mira y los árabes le designaron ode Mira. Y así se repetía
en diferentes lenguas la misma idea.
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Estuário
del río Mira en el siglo XVII
(Torre
do Tombo, Libro de Plantas de la Casa Cadaval, n.º 29, f. 49, foto J.
António Silva) |
Creación
de Vila de Milfontes
Completada
la llamada “reconquista”, con la victoria de los reinos cristianos y
consecuente colapso de la civilización islámica, mas evolucionada
pero en irremediable desventaja, todo el litoral alentejano se presentaba
como un espacio escasamente poblado y desorganizado. El rey de Portugal lo
donó a la Orden de Santiago, poderosa organización religiosa-militar,
cuya milicia tuvo un importante papel en la guerra contra el “infiel”.
El Septiembre de 1486, el rey D. João II mandó pasar la
carta de fundación de una nueva villa, en el sitio llamado Milfontes,
junto a la desembocadura del Mira.
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Separó
su territorio del municipio de Sines, a la que antes pertenecía, y creó,
de este modo, un nuevo municipio, en el que incluyó el lugar del Cercal.
La intención real era dotar a la desembocadura del Mira con una población
y con un verdadero puerto, teniendo en vista el apoyo y la seguridad del
comercio marítimo que entonces se realizaba con la región del río Mira.
Además, la rarefacción demográfica (el sitio no tendría mas que
media docena de habitantes) obligaba a medidas complementares. El mismo
rey mandó entonces que Milfontes sirviese de coto para condenados, o sea,
que, a cambio del perdón de sus delitos, pudiesen habitar en Milfontes
los condenados por la justicia que lo deseasen, en un número máximo de
50. Que no se piense, por esto, que Milfontes se volvió refugio de
forajidos. En verdad, apenas casos de delitos menores estaban incluidos, y
después de cumplida la pena, los hombres podían regresar a sus tierras
de origen. El coto para condenados de Milfontes, fue, así, poco eficaz
para poblar la villa. Basta decir que, medio siglo después, esta tenía
apenas 10 familias, y dudamos que alguna de ellas de algún condenado. A
lo largo de los siglos siguiente, el crecimiento poblacional de Milfontes
fue lento, no comparándose, por ejemplo, con el crecimiento de su
parroquia del Cercal.
Corso
y inseguridad
La
piratería y el corso, en que uno o más navíos, propositadamente
armados, atacaban embarcaciones y poblaciones costeras es antigua en la
historia del mar. En los siglos XVI a XVIII, el corso magrebino atacó las
costas portuguesas de forma dramática. La república corsaria de Argel,
integrada en el imperio otomano desde 1916, fue una de las grandes
protagonistas de esta realidad. “Todavía vivo en la costa” sigue
siendo una expresión significativa. Además, el atrevimiento de los
corsarios del norte de África los llevó a atacar las costas de
Inglaterra, Irlanda e Islandia, con vasta “cosecha” de nativos.
Efectivamente los esclavos europeos eran una mercancía valiosa en una
Argel en expansión y carente de brazos. Además de eso, los corsarios
recibían rescates abultados por los cautivos.
Muchos
de los jefes corsarios eran “renegados”, o sea, hombres provenientes
de naciones cristianas que, por diversos motivos, se pasaron para el otro
lado. A finales del siglo XVI, Argel abrigaba un grupo de rais,
(comandantes corsarios), que hacían del corso una empresa de elevados
lucros.
Alrededor de 1580, Milfontes era una pequeña
sede de municipio, con poco mas de 30 familias (mas o menos 120 personas
entre hombres, mujeres y niños). Por la pobreza de la tierra, los
habitantes prácticamente estaban desarmados, no existiendo ningún arma
de fuego o ballesta. Se dio entonces, un arrasador ataque corsario. En una
mañana de Verano, cuando traídos por el buen tiempo los corsarios
aparecieron, varias galeras reales penetraron en el estuario y
desembarcaron centenas de hombres armados. Podemos imaginar las siluetas
esbeltas de las galeras, surgiendo en los primeros albores, por detrás de
la piedra de la atalaya, velas arriadas en la calma matinal, remada rápida
y rítmica. En el mando, el mas famoso rais de Argel, el renegado albanés
Murata (o Murad) Rais, tan astuto como temerario. Según fuentes
casi contemporáneas, los residentes fueron sorprendidos, pues era día
santo y estaban en la misa. Saqueada la villa, quemadas las casas y las
culturas, capturados buena parte de los habitantes, los corsarios se
retiraron dejando atrás de sí una población destruida.
In
"Apontamento Histórico Sobre Vila Nova de Milfontes", edición de 1988 (3ª
edición aumentada y corregida en preparación)
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