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No
hay duda de que la construcción se destinó para mejorar la seguridad
de la desprotegida costa alentejana, constantemente recorrida por
corsarios y piratas y, al mismo tiempo, para defender el puerto y la
sacrificada villa de Milfontes. Además, la primera fase del periodo
filipino fue fértil en realizaciones arquitectónicas, sobre todo en
el plano militar, que incluían una mayor y mas moderna cobertura
fortificada del litoral, para lo que contribuyó la llegada a Portugal
de ingenieros italianos.
Proyecto
del citado ingeniero napolitano al servicio de la corona, Alexandre
Massaij, que estuvo aquí en 1598 efectuando los estudios previos, la
edificación se inició en el año siguiente, con el astillero
transferido del Pessegueiro, cuyas obras fueron interrumpidas. La
dirección de los trabajos fue entregada al propio Massii, quedando
concluidos a finales de 1602. Buena parte de la piedra
para la construcción habrá sido, como en el Pessegueiro,
obtenido de la roca arenítica próxima, donde todavía, con la marea
baja, se divisan claramente señales de cortes.
Construido
sobre espolón rocoso, en la margen derecha del río, a cerca de un
1,5 Km de la desembocadura, para donde apuntaba sus baterías, el
fuerte buscó las máximas posibilidades defensivas naturales.
Manerista en su trazo, obedecía a la tipología característica de
una fortificación moderna preparada para recibir y defenderse de la
artillería, dentro de los nuevos principios de pirobalística. De
planta brutalmente cuadrangular
(o poligonal, para ser mas precisos), parecía avanzar en cuña
sobre el estuario, ofreciendo al fuego de los posibles enemigos una
superficie angular destinada a amortiguar los impactos de los
proyectiles. Además, en las primeras plantas del fuerte ese ángulo
surge todavía redondeado. Presentaba, para apoyar
la entrada del estuario, dos plataformas desniveladas, con otras
tantas baterías encajando unas en las otras.
Fronterizo a la villa, del lado norte y oriente, un terraplén
enlosado guarnecido con cañoneras. Aunque no se pueda decir que se
trata de una simple batería o plataforma
artilleriada, las dimensiones son las de un pequeño fuerte,
cuyos lados rondan mas o menos los 35 metros.
Orientada
para el oriente, se abre una puerta en arco redondo, encimado por
piedra de armas con escudo y corona cerrada (conforme el uso de la época)
y simplificada. Para defensa de la puerta, además de la excavación o
foso, un simple resalto en la muralla, sin los característicos
baluartes que vemos, por ejemplo, en el Pessegueiro. El acceso se
hacia por el puente levadizo, cuyo mecanismo dejó de funcionar talvez
desde mediados del siglo XVIII (o quizás antes). A la entrada, en el
interior, una especie de pasillo con los obstáculos de costumbre:
cuerpo de la guardia, “rastillo” (o sea, una reja que interrumpía
el paso al interior).
Ocupando
el espacio
delimitado por parte de los ramales este y sur, dos pisos
comportaban el antiguo alojamiento del gobernador, en el superior,
cubierto inicialmente por una terraza para mosqueteros, dado el papel
que las arnas de fuego individuales ya desempeñaban (mas tarde
sustituido por tejado), y cuarteles y almacenes, en el inferior. Las
restantes dependencias, donde se incluía la capilla, se situaban en
la “plaza baja” arrimadas al terraplén.
Cercaba
el fuerte, por el norte y oriente, una excavación o foso, limitado
exteriormente por un contra-declive, en el cual corría una carretera
cubierta, accesible a partir del foso por una desaparecida escalera de
piedra. El muro que hoy rodea el foso del castillo y que forman los
miradores de la Barbacã (también una designación arcaica) es lo que
resta de esa antigua fortificación exterior.
A la solución de los baluartes fue aquí preferida una defensa
basada en la alta y fuerte muralla y en las obras exteriores, porque,
esa zona quedaba circunvecina al caserío de la villa.
La
historia del fuerte, está marcada por noticias que tratan de las
dificultades en mantener, a lo largo de los tiempos, un mínimo de
operatividad militar, ya sea por carencia de personal, o por
deficiente munición. A pesar de todo, aunque no se vea por el efecto
de algún modo persuasor , no debemos menospreciar su papel defensivo.
Una
nueva historia del fuerte
se inició en el albor del siglo XX. En 1903 fue rematado en
subasta pública por el capitán de infantería
Valério Manco Ferrão, residente en Lisboa, por 464 mil réis,
pasando así para manos particulares. Este, por su vez, acabó por
venderlo, en 1909, a Francisco de Jesus Gonçalves, entonces morador
en la
heredad de Gomes Anes (Odemira), por el precio de 250 míl réis.
Dando crédito a los valores declarados en las escrituras, el capitán
Ferrão hizo un pobre negocio.
El
fuerte presentaba, en esa época, aspecto decadente, principalmente en
los muros orientados para la orilla, en el caserío adosado al
caballero en los parapetos y en el contra-declive, aunque los
poderosos muros de la plaza alta le confiriesen una todavía sólida
apariencia. Situación justificada por la acción del tiempo,
conjugada con el desprecio al que fue sometido. El hecho de haber sido
privatizado no le trajo ventaja alguna inmediata en términos de
conservación, al contrario, los sucesivos propietarios no le
prestaron ninguna atención durante casi 40 años.
Finalmente,
por la compra efectuada en 1939 (escritura redactada en 1940) el
castillo fue providencialmente adquirido por Luís Manuel de Castro e
Almeida, a través de su mujer Margarida Marques de Figueiredo. El
nuevo propietario, un viajado propietario y negociante, natural de
Lisboa, que usaba el títula de “Don”, mandó entonces restaurarlo
para utilizarlo como su residencia y para fines turísticos
(“turismo de habitación” avant la lettre), funciones que todavía
mantiene.
Hoy, muestra naturalmente alteraciones al aspecto de los tiempos en el
que tenía una función bélica, las mas visibles efectuadas después
de 1939, durante las obras de restauración. En el exterior, se
destaca el friso de ventanas en arco que remata el muro de la plaza
baja y marca la silueta del fuerte visto desde el sur o desde el
occidente, trazadas para mejorar la habitabilidad del fuerte. Una
imitación de torreón medieval sobresale, disonante, en la plaza
alta; disfraza un depósito de agua que construido hace algunos años,
en periodo de escasez de abastecimiento de agua al domicilio.
Interiormente, el área habitable fue siendo ampliada por la excavación
del terraplén y unión al foso por una pequeña puerta, bien como por
la ampliación del caserío en la plaza alta.
El
“fuerte de Milfontes” recibió la clasificación de “inmueble de
interés público” por el decreto 95/78, del 12 de Septiembre,
decisión que no fue capaz de impedir subsecuentes irreverencias,
cometidas en particular en su área envolvente. Posteriormente, con la
creación del Parque Natural del Suroeste Alentejano y Costa
Vicentina, fue incluido en una de las áreas de salvaguardia del
patrimonio cultural (decreto 33/95), el que, una vez mas, no evitó
algunas desmañadas intervenciones en el propio fuerte.
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